Cobardía
Ayer salí a la calle. Todo era bonito. El sol cerraba mis ojitos mañaneros con sus buenos días. La gente movía las piernas al son del amanecer para ir de un sitio a otro. Las ventanas de las casas exhalaban aroma a café recién hecho. Los pájaros despertaban a los que todavía no se habían desperezado. Los árboles daban sombras alegres en un día de verano. Los coches descansaban del ajetreo del día anterior.
De repente, ante mi, tras adentrarme en lugares inexplorados de mi vida cotidiana, un jardín de flores. Los olores inundaban mis sentidos. Los colores aturdían mi vista. Las formas embriagaban mi percepción. Sensaciones nuevas que merecian la pena pararse a disfrutar. Entre ellas, una destacaba, una rosa roja perfecta. Llena de jugoso rocío de la noche anterior. Mi curiosa cara se acercó hasta ponerla a escasos centímetros de mi nariz. Mis ojos se abrían y se cruzaban cada vez más. Alargué mi mano y acaricié uno de sus pétalos: ¡Qué suavidad!. De entre ellos, salió una simpática mariquita que me saludó cortésmente. Le devolví el saludo con una sonrisa. Alargué la otra mano y agarré el tallo. ¡¡¡AHHHH!!! ¡Me pinchó! ¡Me hizo daño!. Me alejé de un salto y la miré con desconfianza mientras me cogía una mano con la otra. Miré a mi dedo y estaba sangrando. Una cosa bonita me había hecho daño ya ahora sangraría por su culpa. No lo entendí. ¿Cómo algo tan bonito podía herirme? ¿Por qué haría tal cosa?
Huí, corrí lejos de allí, de aquella rosa que me ofreció lo mejor y luego me hizo daño. Mientras, por mi mejilla se descolgaban gotitas de agua salada que salían de mis ojos. Estaba asustado. Sentí pavor. No quiero que me vuelvan a hacer daño. Corrí por la calle cruzándome con otras flores, pero no les hice caso. Llegué a mi casa abrí a toda prisa. Cerré de un portazo y apoyé la espalda contra la puerta. Después apresuré y puse todos los cerrojos. De dos zancadas alcancé mi cama, cogí mi almohada y, como hacía de pequeño, me metí debajo de ella. Lloré. Lloré mucho. Y ya no vuelvo a salir de casa. Me quedo escondido que es mucho más cómodo y seguro. No quiero que ninguna rosa me haga sufrir nunca más. Por muy bonita que sea, por muy suave, por lo bien que me haga sentir durante mucho tiempo, porque cambio cuando la veo. No, a mi no me vuelve a pasar. No me vuelvo a abrir a ninguna flor.
